
Nos encontramos ahora en un pueblo del sur de México.
En esta casa vive una pequeña de siete años que se llama Vanesa.
Juega sola habla con sus muñecas e inventa cuentos.

Es bella; tiene el cabello rubio y lacio que le cae hasta los hombros...
Ahora la niña entra en su recámara. La ventana está abierta y observa con sus negros ojos la barranca. Escucha también el correr de un riachuelo. La luz del sol se está yendo despacito. Les dice adiós a las nubes de color de rosa, a los pajaritos, a las iguanas, a las rocas, a los árboles y Vanesa suspira.
Se siente en paz y le habla a Dios.
Señor; Tú que todo lo puedes te pido que me dejes ser una niña hada que ayude a cumplir los deseos de los niños.
Dame unas alitas pequeñas que sean veloces, un anillo mágico que se encienda cuando un niño me necesite.
Yo sé, Señor que tienes ángeles que hacen el bien y te voy a confesar que no los veo y no sé cómo se les llama.

La nenita se quedó con sus ojos cerrados y en su corazón supo que había sido escuchada. De pronto, en su espalda, cerca de los hombros, sintió un par de alitas plateadas y en su mano derecha, apareció un anillo luminoso.
Las alitas se movieron velozmente y la niña-hada salió por la ventana y comenzó a elevarse.
¡Qué hermoso es ver todo desde las alturas! Se dijo.
¡Sentir el viento en el rostro!
Ver la tierra como una esfera azul dando vueltas y sobre todo. ¡Volar
volar!
Alitas de Plata ya iba volando hacia el norte de México y pasó volcanes, montañas, ríos, lagos, desiertos, parte del mar
más montañas.
Abajo, apareció una hermosa y gran ciudad y el anillo comenzó a encenderse con una luz dorada.
Alitas de Plata comprendió que debía descender. ¡Seguramente un niño, necesitaba ayuda!
El sol se había ocultado. La luz de la ciudad de Nueva York se extendía, eran foquitos y foquitos y movimiento.
La niña-hada buscó afanosamente al niño, a ese niño que quizá está triste

Y allí sentado a la orilla de la banqueta estaba un pequeñín. Sus manitas de color oscuro le cubrían la cara y sollozaba desconsolado.
Alitas de Plata se le acercó y preguntó:
¿Por qué lloras?... ¿Por qué lloras?
El chico destapó un ojo lleno de lágrimas y entre sollozos, le preguntó:
Y tú
¿quién eres?
Me dicen Alitas de Plata confesó ella.
¿Vives por aquí? No te había visto.
Vivo en México respondió la niña-hada.
Y eso
¿queda lejos?
Es un poco más al sur, también está en Norteamérica. Pero tu dime ¿por qué estas llorando?
porque estoy desesperado.
Aquí estoy para oírte. Cuenta amiguito, cuenta por favor qué te pasa.
Es que deseo algo imposible repuso Joe.
No hay imposibles para niños que tengan fe dijo ella.
Ay niña; ¡qué tonta eres. ! Mira; yo me porto bien y tengo fe, pero sigo teniendo este oscuro color de piel.
Alitas de Plata lo abrazó con ternura:
¿A poco quieres cambiar de color?
El pequeño refunfuñó:
¿A poco no?
¿Y qué color te gustaría tener?
Pues el blanco me vendría bien, o tú ¿qué opinas?
Yo no puedo opinar contestó Alitas de Plata.
¿Dijiste que tu nombre era Joe, verdad? Pues dime Joe:
¿Con este deseo crees que serías feliz?
El rostro del niño resplandeció.
¡Uy! Tan feliz que nunca volvería a pedir nada; ni siquiera mi pastel de cumpleaños.
La niña-hada se quedó pensativa y luego dijo:
Joe
creo que voy a probar.
¿Qué vas a probar?
Qué de veras puedas sostener tu deseo.
El niño dio un salto.
¡Claro! estoy seguro. ¿Me ayudarás a ser blanco?
Alitas de Plata dijo entonces casi en secreto:
Serás blanco por dos horas. Si la idea y el color son de tu agrado, pediremos que lo conserves, pero te advierto; esto no funcionará a menos que tu deseo sea absolutamente sincero.
Oye; si de sinceridad se trata, déjame decirte que yo soy muy sincero. ¿Qué debo hacer?
Vas a sentarte con los ojos cerrados sin pensar en nada.
¿Qué me siente, que cierre los ojos y que no piense en nada? Oye niña; ¡qué fácil !
De repente, Joe presintió que aquél juego
no era un juego y tímidamente se dirigió a su amiga:
Bueno, niña-hada, Alitas y
¿y si de verdad resultara?
Alitas de Plata se quitó el anillo mágico, lo puso encima del corazón del niño y le cantó esta tonada.
Al cambiarte cambiarás
de mi anillo, luz tendrás
de mis alas, rapidez
y una y dos y tres
la piel de Joe, ¡al revés!

¡Soy feliz, más que feliz! ¿Cómo me veo eh?... parezco otro
¿Otro?...y ahora ¿qué hago?

Eso ya es cosa tuya, Joe. Tu deseo está cumplido.
El pequeño Joe desapareció dando vuelta a la esquina.
Esta había sido la primera misión de Alitas de Plata.
¿Cómo resultaría?
La Madre Tierra siguió girando sobre si misma.
La niña-hada se entretuvo mirando los anuncios luminosos. Pasó una hora y se dijo esperemos que todo salga bien

Pasó otra hora y vio venir a Joe. Alitas de Plata tuvo la sensación de que el niño ya no estaba feliz. Traía la carita pintada de betún café oscuro.
Joe
¿Qué hiciste?
Mientras gruesos lagrimones corrían en sus cachetes, el niño gimió.
Sufro mucho, niña. Me puedes decir ¿si puedo de nuevo ser yo?
Por dentro, lo sigues siendo, respondió ella.
Pues ese es precisamente el problema; por fuera soy blanco y tuve que pintarme con betún de zapatos para tener de nuevo mi color.
Dime ¿por qué?... ¿Qué pasó? preguntó ella intrigada.
Es que nadie me quiere con éste nuevo tono tan claro.
¡Mi mamita no me reconoció! La abracé con mucho amor, le platiqué lo feliz que estaba por ser blanco y ella movió la cabeza.
Se puso a llorar. Me dijo que los negritos éramos buenos, que no necesitábamos cambiar de piel para ser felices.
La niña-hada abrazó a Joe con ternura.
¿Te vio tu papá?
Mi papá se rió mucho y me dijo que me veía chistoso, como una galleta cruda.
¿De modo que a nadie le gustaste así?
A nadie, niña. Ni mi perro se me quiso acercar.
¿Y tus hermanos?
Ellos me vieron como a un bicho raro.
¿Y tus amigos?
¡Ya no tengo amigos!
El pobre Joe seguía llorando desconsoladamente.

¿Verdad que si me presento así en el cielo, no sabrán quién soy?
Ay Alitas de Plata, por favor, por favor, deseo ser un niño de color.
La niña-hada sonrió comprensiva y puso nuevamente el anillo mágico sobre el corazón de Joe para enseguida, cantar esta tonada.
Al cambiarte, cambiarás
de mi anillo, luz tendrás,
de mis alas, rapidez
y ahora en uno y dos y tres
serás de nuevo tú, otra vez

Y Joe volvió a ser el mismo de antes. Alitas de Plata lo abrazó con cariño y le dijo:
Sabes, Joe; los niños somos como las flores. Todos, todos somos bonitos. Aunque tengamos diferentes colores.
¿Vendrás a visitarme algún día?
¡Claro!, Y ahora debo irme a casa.
La niña-hada se elevó y voló de nuevo dirigiéndose a toda velocidad hacia el sur.
A esperar el llamado de otro niño triste, en su casa de México.
