

Es de noche y llueve.
Pepito; un niño de cinco años vive en la ciudad de México, se encuentra en su casa y se asoma por la ventana de la sala.
Por fin, las nubes han corrido empujadas por el viento, y el cielo luce ahora como una carita recién lavada.
Pepito sube a acostarse a su habitación que está en el segundo piso; se pone el pijama, se cepilla los dientes, se lava muy bien sus manos, besa a papá y a mamá y se mete en su camita.
Ya acostado puede ver el cielo. ¡Cuantas estrellas!
Distingue una, hermosa, brillante y decide hablarle y le dice:
Ven estrellita, baja. Vamos a jugar.
La estrella permanece en el cielo pero apaga y enciende su luz como si guiñara un ojo.
Y el niño piensa: ¿Cómo llegaría al cielo esa estrellita? ¿Cómo pudo volar hasta allá? ¿Llegará también tan alto una abejita?
Vamos estrella baja, ¡Vamos a jugar!
Pepito se quedó dormido. Pasaron unas horas. Todo estaba en silencio. Ya se habían apagado las luces de la calle y el vigilante soplaba su silbato.
Sin embargo, algo sucedía en la recámara del niño que se ha iluminado como si fuera de día.
El pequeño despierta. Sucede que desde el cielo, la estrellita ha tendido un puente de luz que toca su frente y le habla:
Vengo a ti por tu deseo. ¿Qué quieres?
Pues saludarte y preguntarte ¿Cómo te hizo Dios?
Me hizo como a ti pequeño. Con gran amor.
¿Y estás contenta allá?
Sí, estoy feliz repartiendo luz y atendiendo deseos.
¿Tienes frío?
No mi niño. Nosotras nunca tenemos frío.
Pepito se sentó en la cama.
Fíjate estrellita; quiero contarte que tengo una hermana.
¿En la cuna?
Se llama Yoli y a veces me peleo con ella. Me quita mis juguetes,
grita y patalea. No me deja hacer mi tarea. Es una niña y muerde.
Sé bueno con ella pequeño. Respondió la estrellita y preguntó otra vez dulcemente.
¿Sabes escribir?
¡Claro! puedo hacer palitos y bolitas.
¿Y dibujas? Siguió la estrella.
Sí. Puedo dibujar un cocodrilo y también un león ¡Grrr! Mi cuaderno está encima de la mesa ¿quieres verlo?
La estrella iluminó el cuaderno.

¡Oye, qué bonito! exclamó Pepito sonriendo y levantando las manos le dijo:
Estrellita yo quiero alumbrar como tú.
No. Las estrellas están lejos y solas.
No, yo no estoy sola; tengo hermanitas en el cielo.
Mira mejor me das tu luz y te vienes conmigo.
Por un momento la estrella suspiró y le dijo:
Sí bajo contigo ¿qué iluminarías?
Ay pues toda mi casa, mi escuela, mis amiguitos, mi perro, mis flores, mi rana, mis piedras. Ándale; no te vallas. Se mi amiga.
No puedo quedarme, Pepito; pero vendré mañana.
¿Mañana?... ¿De verdad? Conste, es una promesa. Te creo. ¿Jugamos?
No; debes dormir. Mañana te enseñaré nuevos juegos y muchas adivinanzas.
El niño se durmió y al otro día se fue al Kinder donde jugó e hizo lindas planas tanto que la maestra dibujó en ellas una abejita con un recado que decía Sí trabaja
Al medio día el pequeño volvió a casa, se lavó las manos y se sentó a la mesa y al hacerlo cerró los ojos para dar gracias por sus alimentos y al hacerlo sintió la luz azul de su amiga la estrella y Pepito pensó:

Oye papi preguntó ¿Dónde se esconden las estrellas cuando sale el sol?
No se esconden, hijito. Siguen en el cielo pero como la luz es muy fuerte, no las podemos distinguir.
Después de comer, Pepito y Yoli juegan. La niña quiere todos los juguetes y él se los presta porque está seguro de que la estrellita lo está observando.
Vuelve a ser de noche; los faroles se encienden. Es tiempo de penetrar nuevamente al mundo de los sueños.
Pepito sube a acostarse. Se hinca en su camita y se asoma a la ventana ¡allí está su estrella!
Señor; un lucero tuyo prometió venir conmigo, por favor dale permiso.
Un arco de luz llegó del firmamento, el cuarto de Pepito se iluminó y se escuchó una voz:
Ya estoy aquí mi niño.
¡Qué bueno que llegaste! exclamó Pepito. Te esperaba. Pero dime; ¿Por qué siento que te tengo en mi frente?
Porque allí estaré siempre respondió el lucero.
¿Y te quedarás conmigo? Siguió inquiriendo el niño -¿Cómo es que te dieron permiso para venir?
Mira; cuando un niño bueno como tú, lo pide, podemos bajar a la tierra.
Hay estrellas para cada niño si se portan bien, si aman a sus padres
si son amables con sus hermanitos y amigos y no dicen muchas mentiras; hay una estrella para cada niño.
Pepito emocionado, levantó su manita al cielo y dijo:
Gracias Señor. Y te prometo que voy a ser un buen niño.

Desde entonces, Pepito lleva una nueva luz en la frente. Es un niño pequeño y el cielo le ha regalado una estrella.
A ti ¿te gustaría tener una?...
