El hada que quiso amar
 


"EL HADA QUE QUISO AMAR"



Una noche de Luna: 

 

Entre los pinos de Alma verde, una linda hada canta y sueña. Hace ilusiones de mil formas y colores a través de sus ideas. 

Sentada a la orilla de un estanque de agua clarísima, arregla sus largos y negros cabellos con un peine de plata y jade.
 



Cerca de ella, seres pequeñines pintan flores, escogen aromas. 

Mueven sus deditos para lograr figuras nuevas, se divierten, trabajan y ríen. 

La risa de las hadas, suena a campanitas de cristal. 

 

La risa de los duendes a campanas de bronce. 

 

La risa de los gnomos, a campanas de plata. 

 

Otros seres más pequeños; traviesos, ríen como campanas de barro.
 


Analí se llama nuestra hada. Vive en ese bello bosque cerca de Cuernavaca. 

Está pensativa. Ha dejado de peinarse y se ha adornado con un botón de rosa. Se diría que guarda un secreto. Quizá un deseo. 

Esta va a comunicarlo a sus amiguitos del bosque. La verdad es que, hace tres días… 

Analí caminaba por una vereda, pensaba. Pensaba. Caminaba. Caminaba. Tan distraída iba que no se dio cuenta que los árboles se quedaban atrás, y con ellos, el bosque.  

Levantó el rostro y distinguió a lo lejos un valle con montañas color de rosa de formas extrañas.  

Se veían también unas casitas blancas con techos de teja roja. 

Eran los hogares de los seres humanos. 

Una curiosidad de hada brotó en su ser.  

Decidida avanzó hacia el pueblo y para no ser vista, se volvió invisible. 

Llegó a una calle empedrada y a la puerta de una casita. Escuchó la voz melodiosa de una mujer que cantaba una canción de arrullo. 

San José lavaba 

La Virgen tendía 

el niño lloraba 

del hambre que tenía. 

 

Toronjil de plata, torre de marfil, arrullen al niño, que se va a dormir. 

La puerta estaba entreabierta, se asoma y entra. 

Una dulce mujer morena bordaba, y cantaba. Movía la cuna de madera colgada desde el techo. 

Dentro de la cuna, un lindo bebé. Un ser humano chiquito movía sus manitas, abría sus negros ojos, emitía sonidos, sonreía.
 



Analí no podía creer esa maravilla ante sus ojos. 

Era la primera vez que observaba un niño de verdad. Lo contempló. Lo siguió observando. 

Las hadas no tienen ni papá, ni mamá, ni bebés. 

Analí, tuvo entonces un extraño deseo. 

 

“Como me gustaría tener un niño como éste. Arrullarlo, cuidarlo, contarle mil cuentos; llevarlo al bosque, enseñarle a conocer y distinguir las plantas, a amarlas, a utilizarlas. A cuidar de los animalitos. Mi varita de virtud puede hacer aparecer muchas cosas: 

 

Castillos, joyas, dragones, alfombras voladoras, pero nunca un niño de verdad”.

Analí se quedó junto al bebé hasta que se durmió. Puso un beso en su manita y le dijo adiós.

El sol estaba por ocultarse. Tenía que darse prisa o no encontraría el camino de regreso. Analí pensaba en el bebé al dirigirse de nuevo al bosque. Ese era su secreto. Su gran secreto. Había deseado tener un bebé.

Son ahora, las 12 de la noche. El tiempo pasó volando. Cansados de jugar y de trabajar, los duendes, gnomos, elfos y haditas, se sentaron en círculo. Animales del bosque, también atentos.

Acostumbraban en las noches de luna contar sus experiencias, algunos cuentos y las noticias del mes.

Le tocó a Analí. Les comunicó llena de entusiasmo su encuentro con un bebé humano. Dijo tímidamente:

Analí: A mi me gustaría tener un niño de verdad.

¿Creen que esto sea posible?

Duende del Norte: Lo que deseas querida hada, es casi imposible.

Analí: ¿Por qué?

Duende del Sur: Porque ni con todos nuestros poderes podemos

crear un niño.

Analí: Entonces, ¿para qué son todos los poderes? Yo solo deseo

un niño.

Duende del Oeste: Un niño tiene esencia de todos los reinos del planeta;
en su corazón lleva el amor de todos los
soles.

Analí: ¿Qué me dices, Duende del Oeste?

Duende del Oeste: Digo que un niño es un milagro, y no está en nosotros realizarlo. Está más allá de las estrella el lugar donde vive el amor, y hasta allá hay que ir a buscarlo.

Gnomos de Diamante: La vida de los seres humanos es dura como una piedra. Sólo con el sufrimiento la llegan a pulir y la convierten en diamante.

Analí: No tengo miedo de sufrir.

Gnomo del Fuego: A los humanos no les gusta trabajar. Les gusta mentir e imaginar.

Analí: Un momento; ¿No existen seres humanos buenos?

Hada Arco -Iris: Sí los hay. Y cuando aman, llegan más allá que los mismos ángeles. Al centro mismo del universo.

Analí: Creo que vale la pena probar.

Gnomo del Fuego: Fíjate bien lo que dices. Renunciarás a tus poderes. No podrás decir quién eres.

Analí: Si hay que renunciar, renuncio. No diré jamás quién soy.

No tendré más poder que el que tiene el querer.

Hada Arco -Iris: Analí, hadita, esto no es tan fácil. Para invitar a venir a un niño a la tierra, tienes que tener el amor de tu pareja.

Analí: Si mi pareja tiene que ser un ser humano y este es un niño que creció, no veo el problema. Puedo amarlo, y casarme con él.



Los duendes, las hadas, guardaron silencio. Formaron un círculo y empezaron a cantar.

Analí quiere entrar, al reino del amor.

Ha renunciado ya, al mundo del color.

Duendes a trabajar, gnomos a cavar.

Hadas a iluminar, pajaritos gorjear.

Un niño un arrullo, valen que Analí, quiera dejar el capullo.

Que pase con alegría, al mundo de la poesía.


Transcurrieron siete lunas para que Analí se transformara en una bella mujer. Bajo la luna siete, Analí fue bañada con gotitas de miel y de rocío. ¡Qué bella quedó Analí!

Ayudaron todos a construir una cabañita olorosa a cedro, en el corazón del bosque. Sembraron bugambilias, árboles frutales; trajeron conejitos, ranas para el estanque y peces.

Un huertecito en forma de herradura, rodeaba la cabaña. Había que aprender muchas cosas en el menor tiempo posible. Las haditas le ayudaron a bordar, cocinar y claro, a cantar. Aprendió todas las canciones de arrullo.

Un día, José, el joven y apuesto guardián guardabosque que vivía en el bosque del norte, distinguió, la cabaña de Analí.

Caminó despacio, extrañado. ¿Quién vivirá allá?

Llegó a la puerta y tocó.

Al ver a Analí con una falda larga, bordada de flores naranja, quedó admirado de su belleza. Parecía tener 18 años; pelo negro hasta la cintura y ojos cafés. José preguntó:

– ¿Vives aquí? No te había visto.

–Sí, aquí vivo. Este bosque es hermoso y cuido de él. Estoy pendiente de las flores, de los árboles, de los animalitos. Me siento acompañada con mis pequeños amigos.

– ¿Consideras a las plantas y a los animales tus amigos? También yo. Cuido del otro bosque. Tengo además, muchos amigos en el pueblo y van a tener una fiesta el domingo.

– ¿Fiesta en el pueblo?... ¿El domingo?

–Daremos gracias al cielo y a la tierra por la buena cosecha.

¿Te gustaría ir?... Puedo pasar por ti temprano.

Analí se puso muy contenta. Era la primera invitación que recibía para asistir a una fiesta en el pueblo. Además, José era agradable.

Llegó el domingo. Analí se vistió de rosa, con trenzas y moños. Llegó José por ella. Caminaron un poco y subieron a una carreta de bueyes adornada con flores y listones. Todos en el pueblito, vestidos de fiesta. Cohetes y alegría. Comida abundante. Un día hermoso.

Oscurecía cuando José y Analí regresaron tomados de la mano.

–Analí, ¿te gustaría vivir en el pueblo? Puedo construir para ti una casita: compartiría contigo lo que soy. Viviríamos de lo que la tierra nos dé. No me gusta que vivas sola.

–No vivo sola, José. Vivo feliz, aquí están mis amigos.

–Se me olvida cuánto amas tu bosque. Quizá tus amigos quieran ser mis amigos…si quisieras…podrías casarte conmigo.

Un murmullo inundó el bosque. Risas de cristal, de plata, de bronce, de barro.

Era la alegría de las hadas, de los duendes, de los gnomos, de los delfos.

Todos los seres del mundo vegetal y animal: los que vuelan, los que nadan, los que caminan, los que se arrastran, vibraron de emoción.

Analí había encontrado su pareja.

Analí había encontrado el amor.

José y Analí se casaron, desaparecieron tomados de la mano, en un recodo del destino.

José nunca supo que Analí era un hada.

Una linda hada que renunció a sus poderes, a su paraíso verde, por tener la dicha de arrullar a un niño.

En el bosque de los pinos altos y olorosos, el viento deja escuchar ahora una dulce y nueva voz de arrullo:

“Corre borreguito, corre a Belén, a ver a María y al niño también.

Toronjil de plata, torre de marfil, arrullen al niño que se va a dormir”…