Las Salamandras de oro

                                                                         II PARTE

 ... Árboles frondosos y maleza. Por una vereda siguió el río. Frente a el aparece un macizo de montañas. Había que escalar.

   La piedra le infundía valor. Subió y subió. 

   Encontró un ramillete de tréboles de cuatro hojas con una corona roja en medio.



 

   Bajo y subió de nuevo. Arbustos con grandes espinales rasgaron el pantalón.

 

   Arriba de la última montaña distinguió a sus pies un hermoso valle, era poco después del medio día.

 

   La verde hierba se mecía con el viento. Bajo un árbol de jacaranda de enormes ramilletes de flores lila, estaba sentada una pastora cuidando su rebaño.



 

   Los borreguitos blancos pastaban y ella sostenía con amor un borreguito negro en su regazo.

 

   Fer llegó hasta ella.

 

   Fer:   Hola pastorcita, ¿sabes donde puedo encontrar, a las Salamandras de oro?

 

   Pastora:   No pierdas la vereda. Es el camino difícil, pero corto.

                ¿Llevas algo de comer?




Fer:   No había pensado en ello.

 

   Pastora:   Tengo en mi alforja una rebanada de pan.

 

   Fer:   Muchas gracias hermosa niña ¿eres feliz?

 

   Pastora:   He dejado de desear cosas inútiles. Soy feliz con lo que me rodea. ¿Y tú?

 

   Fer:   Desearía ser feliz, ahora voy a buscar la libertad para mi pueblo. Espero volver a verte.

 

  Fer siguió caminando, apareció una cueva. Las sombras de la noche caían de prisa. Fatigado, el polvo del camino se le pegaba al cuerpo. Entro. La cueva estaba fresca. El suelo resbaladizo, húmedo.

 

    La oscuridad era mayor, un sudor frío le corría por el cuerpo, no veía nada. Cerró los ojos y empezó a escuchar voces… palabras que lo inducían a la duda, al fracaso.



 

   No sigas. No sigas…no volverás…Fer se detuvo.

 

   El joven creyó perder la razón. Una fuerza interna lo impulsaba a seguir.

 

   Fer:   ¿Qué prueba es esta? No entiendo la lucha. No entiendo nada.

 

   Pudo sostenerse recargando el cuerpo en las rocas. Saco el zafiro. Lo coloco en la boca para que sirviera de lámpara. Ya iluminada la cueva, avanzo con menos dificultad.

 

   Fer:   Cerrare mis oídos para no escuchar lo externo. Aceptare la guía interna.



 

   
El rostro de la pastora se hizo presente. Recordó su mirada, su dulzura.



Avanzó con más fuerza. Por fin, allá al final de la cueva se asomaba la luz. Era el sol. Había permanecido varias horas en la cueva.

 

   Ya fuera respiró hondo. Descanso. Sintió un leve cosquilleo en el estomago. Era hambre, sacó el pan de la pastora.

 

   En una cuneta, un anciano yacía en el suelo.

 

   Fer se acercó.

 

   Fer:   ¿Qué le pasa, abuelo?

 

   Abuelo:   Me siento mal. Muy mal. Creo que voy a morir.

 

   Fer:   No diga eso abuelo, levántese, le ayudo.



 

   Abuelo:   Continúa tu camino solo me queda mi vejez y empiezo a aburrirme de ella. No tengo fuerzas. Mi cuerpo no responde.

                He dejado de comprender a los demás.

 

   Fer:   Vamos, no hable así permita que comparta con usted mi pan.

          Pronto se sentirá mejor no puede acompañarme. Voy en busca de las Salamandras de oro. Regresaré.

 

   Caminaron juntos un trecho hasta llegar a un caserío. Fer hablo con algunas mujeres y les pidió que cuidaran al anciano, mientras regresaba de la gran prueba.

 

   Fer sacudió sus huaraches. Se refrescó en un arroyo y siguió por la vereda. Eran como las tres de la tarde cuando llego a las ruinas de un monasterio del siglo XVl.



 

   La puerta se cerró, en silencio llegó hasta un recinto de paredes carcomidas por el tiempo. Se respiraba un aire abstracto. Misterioso, como si algo fuera a suceder.

 

   (Efecto gong.)

 

   Un gong sonó con vibraciones largas, muy largas.

 Fer volvió la cabeza. Tres salamandras enormes se arrastraban con aire solemne. La cabeza de cada una mostraba un símbolo diferente, en piedras preciosas.

 

   La salamandra de la izquierda  tenía una estrella de David. La segunda salamandra una cruz y la tercera, una media luna atravesada por una daga.




 

   Encima de las Salamandras de oro, broto una flama azul.  

 

   Fer no se movió. Ni respiro. Escucho:

  

    – ¿A que has venido?

  

   Fer:   Deseo que la libertad libere a mi pueblo. Han perdido la conciencia. Son esclavos del hechizo del mago Chancleto.

 

   Salamandra 1:   La libertad convive con los seres que no se encadenan a la ignorancia.

 

   Salamandra 2:   Tienes el deber de ser sabio.




 

   Fer:   ¿Qué debo hacer?

 

   Salamandra 1:   Primero, ser paciente.

 

   Salamandra 2:   Contestarás: cual es la razón de ser del hombre en la Tierra?

 

   Una melodía pausada, bella, se inicio. Las salamandras. Salieron.

Estando solo, Fer echo un vistazo a lo que le rodeaba. En una esquina se advertía el brocal de un pozo. Se acerco. El agua estaba turbia. Fue aclarándose poco a poco.

 

   Búho:   Este pozo es una trampa.




   
Conejo:   ¿Trampa? Explica búho, Explica.

 

   Los amiguitos del bosque cerraron el círculo. Querían escuchar los detalles.




 

   Búho:   El agua dulce amarga el pozo, llevaría a Fer lejos de su centro. No podría meditar sobre la pregunta

             de las Salamandras de oro.

 

   Fer miró y miró dentro del pozo. Le pareció ver un campo yermo, sin

vida. El cielo gris. Amenazantes. Un rebaño de ovejas blancas buscaba alimento. Se escuchaba el viento ululando y se veía a la pastora llamando a su ovejita negra perdida.

 

  

   

 

 

   Fer sintió un nudo en la garganta. Deseó estar al lado de su amiga y consolarla.

 

   Búho:   ¿A que no saben quien lo salvo de caer en el pozo de la imaginación? La señora zafiros.

 

   Brisa de oriente empujo al joven lejos del pozo. Fer por poco cae al suelo.

 

   Brisa:   Has venido a pasar la prueba de sabiduría. Estabas a punto de perderte al seguir sin medida la fantasía del pozo.




 

   Fer:   Vi a la pastora gritar. Me necesita.

 

   Brisa:   No creas nada de lo que has visto. Es una proyección de tus deseos. Aprende a dominar tu mente. Ven, cierra tus ojos, toma mi mano y cree en ti.

 

   Fer sintió que se elevaba. Volaron y volaron, cruzaron a través de los soles y llegaron en un instante a la vía láctea. Siguieron hasta la galaxia espiral de Andrómeda.




 

Brisa de Oriente le permitió abrir los ojos un momento: frente a ellos en un cometa que se dirigía al sur, iban seres verdes que les dijeron adiós y les sonrieron.



 

   Fer sintió y se dio cuenta de que se acercaban a una ciudad con una plataforma de cristal de roca suspendida en el espacio.

 

    Una ciudad extraordinaria. Edificios en forma de estrellas y en material de cristal en tonos azules. Plantas y flores de infinitos colores. No había sol. Los seres que allí habitaban tenían luz propia.




 

  Brisa:   Hemos llegado Fer. Este es el reino del amor y del silencio.

             Un rayo electromagnético te permitirá entrar a mi palacio. Este rayo da paso a los seres amables y con deseos de servir a los demás.

 

    

   En el palacio de Brisa existía un esplendor nunca imaginado.

Cascadas de luz dorada con peces voladores. Flores y piedras preciosas flotando.

 

   Solo al desearlo, las cosas aparecían en un instante.

 

   Brisa:   Siéntate Fer, te serviré un te aromático. Debes descansar.      

             Deja correr ese río de pensamientos, deseos y recuerdos dolorosos. Cuando entres en ti, percibirás un sol interno y podrás contestar tu pregunta.

 

   Pasó un tiempo que no parecía tiempo. Fer recibía en su cerebro miles de imágenes, como videos. Cerró los ojos, oró en silencio.

 

   Fer:   Estoy viendo la imagen de un silencio oscuro que da vueltas.

          Como un pensamiento gigante. Ese pensamiento entra a el mismo y escuchó un estruendo. Aparece un sol que envía sus chispas al universo llagan a la tierra. Las esporas luminosas caen en un mar hirviente. La corteza se está enfriando.

          Veo un movimiento que inicia la vida y aparece el plancton, los helechos, millones de seres microscópicos trabajando, elaborando peces, moluscos, estrellas de mar.

          Veo tritones, sirenas…solicitan voluntarios para vivir en la atmósfera que ha sido oxigenada por las algas y plantas del profundo océano.

          Veo la vida arrastrándose hacia la tierra.

          Veo los primeros árboles, plantas, enormes reptiles, dinosaurios, aves, mamíferos, y un extraño ser que parece hombre. Este ser es un sol en la tierra y pronto se ira con todos de nuevo a la flama azul del sol.

 

   Brisa:   De prisa Fer debes volver a la Tierra. Contesta la pregunta.

             Puedes visitarme.

 

   El viaje de regreso fue en un segundo. El gong sonó por segunda vez.

 

  

  (Efecto gong.)

 

  Fer llego al monasterio. Las Salamandras de oro hicieron acto de presencia.

 

   Las salamandras preguntaron.

 

   – ¿Tienes la respuesta?

 

   Los ojos de las Salamandras de oro se clavaron en la nuca del joven.

 

   Fer:   Creo tenerla.

 

   Salamandra 1:   No la pronuncies ponla arriba de tu cabeza y nosotras la leeremos.    

 

   Salamandra 2:   Si aciertas, serás Guardián de la Sabiduría. Estarás preparado para la última prueba el día de mañana.

 

   Fer:   ¿Otra prueba?

 

   Salamandra 3:   La libertad irá contigo si la mereces.

 

   Fer:   Estoy dispuesto.

 

    Hubo un gran silencio. Fer puso la respuesta arriba de su cabeza. Percibió como su pensamiento y la imagen era estudiado.

 

   Deliberaron las salamandras:

 

   Efecto:   Afirmativo. Afirmativo. Afirmativo.


 Las salamandras tomaron la flama azul que brillaba encima de sus cabezas y la depositaron sobre Fer. Salieron despacio. Lo dejaron solo...




FIN DE LA SEGUNDA PARTE, CONTINUA...