Campo de Mariposas
         

           


    Es una mañana fría. El sol brilla, pero sin dar calor.

  Robertito, quien tiene siete años, pide permiso para salir al campo.

 

   Su casa está situada en la montaña. La rodean pinos altos y aromáticos. El paisaje es hermoso en Michoacán.

 

   Un pastorcito, con su rebaño, baja por la ladera.

 

   Robertito se sienta en una gran piedra para respirar hondo, hace frío y no ve mariposas. Él las colecciona.

 

   Tiene un cuadro con su marco y su vidrio que cuelga en la pared de su cuarto y está lleno de ellas. Las tiene de todos colores.



 

   Una mariposa blanca se posa de repente en las hierbas altas y llama al niño por su nombre.

 

   Asombrado, él se vuelve para verla:

 

   – ¿Eres tu quien me llama? Oye pero si se supone que no debes estar aquí. Estamos en invierno y hace frío.

 

   –Yo vivo en el campo de mariposas. ¿Te gustaría ir?

 

   – ¿Ir yo?

 

   –Sí tú mismo –le dijo la mariposa –Visité tu casa y noté que tienes predilección por nosotras puesto que nos guardas encerradas en una caja de cristal. Y hoy te pido, ven a visitarnos.

 

   Robertito estaba muy extrañado:

 

   – ¿Para qué me invitas eh?

 

   –Pues para que conozcas de cerca nuestra labor, le contestó ella.

 

   –Yo las persigo y las colecciono porque las encuentro bonitas y porque vuelan, siguió el.

 

   –Pero la mariposita blanca insistió:

 

   –Ven conmigo, anda.

 

   – ¿Queda lejos el campo de las mariposas?

 

   –Un poco repuso ella, pero toma polvo de mis alas, póntelo detrás de tus orejas y podrás volar y seguirme.

 

   – ¿Volar? dijo muy interesado. ¡Claro que probaré!

 

   Robertito, ya sin dudar, se puso un poco de polvo de las alas de la mariposita blanca y sintió como si un torbellino lo hiciera girar.

 

   Y cuando menos acordaba empezó a elevarse y a volar.

 

   Así llegaron al campo de mariposas.

 

   Encontraron árboles enormes que en lugar de hojas, tenían mariposas que abrían y cerraban sus alas.

 

   Al fondo de esta hilera de árboles en movimiento se encontraba la reina de las mariposas en un trono brillante hecho de topacios y turquesas.

 

   La guardia de honor la componían unas enormes mariposas llamadas “Alejandras”, con bellísimas alas de más de veinte centímetros y con diferentes tonos de azul.

 

   Rodeando a su majestad estaban las más pequeñas del mundo, venidas de la India. Luego estaban las mariposas “Monarca” primorosas amarillas con puntitos negros, que viajaban desde Canadá.

 

  Y todas formaban un cuadro de color increíble. Un verdadero sueño en movimiento y armonía.

 

   Robertito llegó hasta el trono, estaba realmente admirado y guardó un respetuoso silencio.



 

   Las mariposas se tornaron de color lila y las hierbas, las flores, las aves, los caracoles y los gusanitos se aquietaron.

El viento filtro sonidos llenos de vida y sabiduría.

 

   La mariposa reina habló y sus alas parecían un arco iris.

 

   –Envié por ti Roberto; porque necesito que conozcas lo que somos y porque somos insectos y tenemos misiones importantes que cumplir.

 

   – ¿Apoco los insectos tienen misiones? Preguntó el niño incrédulo.

 

   –Pues servimos de alimento a los seres humanos en países como Filipinas y México. Polinizamos las plantas, ayudamos a la evolución del Reino Vegetal y Animal, servimos de estudio y de investigación y por nuestra belleza, adornamos los campos.

 

   –Yo las veo escoger muy bien sus flores. ¿Cuál es su secreto para conocerlas?

 

   –Las flores de néctar irradian una luz ultravioleta y nosotras podemos verla a distancia. Detectamos el néctar con las antenas y las patas delanteras.

 

   – ¿Y comparten el néctar con otros insectos? Siguió preguntando el pequeño.

 

   La mariposa reina volvió a contestar:

 

   –Sí lo hacemos con nuestras amigas, las hormigas.

 

   – ¿Las hormigas son sus amigas?

 

   –Claro; ellas cuidan amorosamente nuestras larvas y no dejan que los pajaritos se las coman.

 

   Robertito, asombradísimo, se sentó en el suelo y escuchó atento:

 

   –Las larvas dan a cambio de éste servicio, gotitas de miel.

 

    – ¡Todo suena increíble! Repuso el niño.

 

    –fíjate bien, Roberto; la vida en el planeta se entrelaza y se teje con amor entre todos. Cuando crezcas y estudies lo sabrás.

 

   La hermosa mariposa reina con toda paciencia le fue contando al pequeño cómo adquieren colores diferentes, debido a  las pequeñas escamas alojadas en sus alas y por la refracción de la luz solar.

 

   Le habló también, de que había mariposas en todo el mundo, donde existe vida vegetal. Es más, le explicó la enorme travesía de las mariposas viajeras que cruzan los mares.

 

    De pronto; la reina le preguntó:

 

   –Dime Roberto; ¿te gustaría ser mariposa?

 

   – ¿Ser mariposa? Preguntó él ¿y para qué?

 

   –Penetrarías al conocimiento, le dijo ella.

 

  –Es que tardaría mucho en hacerlo y mi mamá me buscaría.

 

   –Razón tienes, niño. Allá en los cielos del sur, necesitan hasta dos años para lograrlo. Las maripositas de la alfalfa son en cambio, rapidísimas, mira; detendré el tiempo y no notaran tu ausencia.

 

   Una ráfaga de viento movió los árboles y todo quedó quieto.

   El ritual para convertirse en mariposa empezó.

 

   Una mariposa Emperador, de las que viajan kilómetros y más kilómetros para pasar el invierno en la zona de Michoacán y del Estado de México, donó un pequeño y alargado huevecillo.

 

   Las mariposas se elevaron formando círculos.

 

   La reina tocó al niño con sus antenas y el viento silbó de nuevo.

Robertito se sintió pequeño, muy pequeñito. Estaba dentro de una tibia y blanca esfera.

 

   Aunque pensó que estaba protegido y que nada podía dañarlo, experimentó una rara sensación. ¡Se convertía en un gusanito! Y al salir del huevecillo se dio cuenta de que era una larva, una larva verde.

 

   Le molestó el sol porque había estado largo tiempo en la oscuridad y sus ojos se habían acostumbrado a la sombra.

 

   Sintió hambre y con dificultad trepó por el tronco de un árbol. Le estorbaban tantas patitas. Se arrastró con cuidado, comió unas hojas:

 

   – ¡Uff!... ¡qué sabor tan raro!

 

   Pero la experiencia le resultaba divertida y él; es decir la larvita se colgó de una rama ¡Pero de cabeza!

 

   Y empezó a formar el capullo. Se envolvió y se envolvió suavemente y todo quedó a oscuras.

 

   Le dolió la cabeza. Dos antenas cilíndricas le aparecieron. Sintió también que le brotaba algo pesado atrás de los hombros:

 

   ¡Eran alas!

 

   Desgarraba el capullo y lo cegaba la luz. ¡Podía moverse!

 

   Para Robertito todo parecía haber crecido enormidades: las flores, los árboles, las plantas…

 

   ¡Todo tenía una nueva dimensión! Los colores lo inundan todo. Sonrió y sacudió las alas.

 

   Un grupo de mariposas en círculo se le acercaron. Y bajaron sus antenas en señal de saludo. Era la bienvenida que le daban.

 

   La reina de las mariposas se colocó frente a él y le dijo:

 

   –Niño querido; disfruta de tus alas. Has sido paciente y esa es

nuestra virtud. Puedes ver ahora la maravilla de la naturaleza y con tus nuevos ojos, penetra al pensamiento de las flores oliendo y saboreando su deliciosa miel.

¡Qué alegría; puedes volar!     

 

   Y el niño-mariposa daba vueltas y vueltas. Se posaba en las flores y tomaba gotitas de miel con su larga lengüecilla.



 

   Así pasó el tiempo hasta que exclamó:

 

   –Me encanta volar, pero las alas me pesan un poco. Creo que no podría seguir siendo mariposa. Recuerdo que soy un niño. Recuerdo mi casa, mis papás.

 

   Las mariposas de nuevo en círculo, dijeron:

 

   –Tiempo entonces de regresar, pequeño.

 

   – ¿Podré visitarlas de nuevo?

 

   La reina tocó con sus antenas a la mariposa “Monarca” y se escucho un estruendo.

 

   ¡Robertito volvió a ser niño!

 

   Por un rato guardó silencio. Estaba muy asombrado. Había sido una experiencia inolvidable, maravillosa.



 

   La reina de las mariposas dijo:

 

   –Puedes guardar como recuerdo tus alas. Cuando lo desees podrás regresar. Te estaremos esperando.

 

   –Muchas gracias a todas las maripositas. Un beso a las flores.

   ¡Volveré!

 

   La mariposita blanca que lo había invitado lo acompañó de regreso, claro con un poco de polvo en sus alas.

 

   El rebaño seguía pastando porque el tiempo no había pasado.

 

   Roberto respiró profundamente pensando en que jamás volvería a encarcelar mariposas por preciosas que le parecieran, volando libres eran mucho más bellas.

 

   Admiró el paisaje y sonriendo se fue caminando despacio…

 

   Muy despacito hasta su casa.