El Genio maravilloso del centro de la tierra





        Este no es un cuento sobre lo que ha pasado porque se encuentra escrito en el libro del futuro.

 

   Hoy; si nos asomamos a la ventana abierta de la imaginación participaremos de esta experiencia.

 

   Penetraremos por la puerta mágica que nos permite vivir en un instante, lo que va a suceder:

Lo que está escrito en el “Gran libro de lo que pudiera pasar” a menos que…

 

   El hombre-niño o el niño-hombre lo escriba de nuevo.

 

   En una isla del mañana; Claudio y cuatro niños más se han quedado solos en el planeta Tierra.





Todo se ha destruido.  Los volcanes han hecho erupción y los temblores de tierra son una continua amenaza.





   Claudio es el mayor de todos y tiene trece años, la piel quemada por el sol, los ojos brillantes, es sensible, intuitivo y recuerda algunas veces su pueblito en Latinoamérica.



  Se siente responsable de todos y hace las veces de hermano mayor.

  






   En el grupo hay una niña que se llama Sara. Es tímida, callada, está llena de ternura, tiene el cabello rubio y lacio y le cae sobre sus hombros.




Tiene ocho años y en el lugar donde nació había molinos de viento, allá por el Continente Europeo.



 

   Ramasane tiene siete años. Ama a los pájaros y encuentra mensajes en las nubes.




   Había cuidado elefantes y en las noches de luna los llama.



 


  
Mashadi tiene nueve años, sus ojos son misteriosos como la noche. 
 


    Él había vivido en el desierto y presentía que la distancia entre los granitos de arena y las estrellas, solo eran cuestión de tiempo.

  







  Prío había cumplido cinco años. Es el pequeñín morenin que canta en los 
momentos difíciles. También llora y solo sueña con dragones y princesas. Extraña a papá y a mamá. 

 
Vivia en una aldea en Africa con todos los animalitos.





  
   
Sara: Claudio ¿A dónde vamos?

 Claudio le responde: Todavía no lo sé. Sigamos caminando y quizás nos encontremos con alguien pronto.


 


  
Sara siguió: No se ven señales de vida, Claudio. Tengo miedo. Tomémonos de las manos. Nos sentiremos más protegidos.



 

  
   
Los cinco niños siguieron recorriendo la Tierra.



   De pronto…

 

   Ramasane gritó: ¡Esperen!... ¿Ya vieron allá?... Hay un río de lava que hace burbujas y se pierde en un enorme hoyo.



 

   Mashadi comentó entonces: El piso no está firme y está muy, pero muy caliente. Parece ahora como las arenas del desierto.

 

   Sara exclamó: ¡Miren! Algo va flotando. Parece una cajita con una piedra en medio.


Claudio intervino: No Sara; no es una cajita. Es una jícara con una esmeralda.

 

   Prío se acercó: ¿Será de alguien?




 

   Yo trataré de rescatarla dijo Claudio acercándose: Pero observen bien por donde pisan.

 

   Prío se alarmó: ¡Cuidado Claudio; te puedes caer!

 

   Claudio en voz pausada les dijo entonces: Estaré bien; no tengan miedo.

 

   Con dificultad, los niños trataron de aproximarse a la jícara con la esmeralda y cuando ya casi lo lograban, sintieron que el piso se hundía a sus pies. Cayeron al fin en un gran hoyo que parecía no tener fondo.




 

   Todos gritaron empavorecidos: ¡Nos caeeeemoooos!





 

   Claudio volvió a tratar de calmarlos: Estamos flotando y bajando sobre un colchón de aire húmedo.   Tranquilícense.

 

   ¡Cierto! Los chicos iban bajando hacia el fondo mismo de la tierra.


  Mashadi dijo: Parece que vamos en una alfombra voladora; solo que en vez de volar hacia arriba, baja y baja...

 

   Sara tartamudeó: El bajar a… así, me… me produce una extraña sensación en el estómago.


  
Ramasane comentó entusiasmado: ¡Miren allá abajo!... ¡Todo está iluminado!

 

   Los niños habían tocado fondo.



  Caminaron, hasta darse cuenta de que había una puerta de verdes esmeraldas entreabierta.



 


   ¿Quién vivirá allí? Se preguntaron a coro. Al fin, decidieron entrar y con cautela se asomaron.




    Mashadi intervino: Vean; allá hay otro niño y está sentado en el trono.



 

   Efectivamente; al fondo de un enorme salón que parecía una caverna llena de luces de colores que producían los azules zafiros y los rojos rubíes; en el centro mismo de la tierra se hallaba un extraño ser cuyo trono era de oro puro y tenía la forma de un pétalo. De lejos parecía un niño con la cabeza un poco mayor de lo normal y por raro que esto sea; daba una fuerte impresión de poderío. Como si todo lo viera, como si todo lo supiera y como si todo lo pudiera… Su cráneo era grande y no tenía cabello. Sus ojos eran azules y sus pequeñas manos descansaban sobre sus rodillas.

 

   

 

   ¡Era el Genio maravilloso del Centro de la Tierra!

 

   Los niños se acercaron.

 

   Sara se atrevió a preguntar: ¿Quien eres?

 

   El Genio no contestó. Aquél ser que equilibraba el mundo de los minerales y de los vegetales, comenzó a llorar.

 

   ¿Por qué lloras?

 

   El Genio fijo sus azules ojos en la pequeña y con una voz que se escuchaba mucho más que la humana contestó:

 

   Yo no acostumbro hablar. Solo envío mis pensamientos para que trabajen y se realicen. Y creí que estaba más allá de los sentimientos, pero al verlos llegar, niños; me he emocionado profundamente.



 

  
   Prío asombrado pregunto: ¿Tus lágrimas son de verdad?

 

   El Genio de inmediato repuso: Sinceras son, en verdad.

 

   Sara se interesó: ¿Por qué lloras?... Nosotros ya no podemos llorar.

 

   Ramasane explicó: Somos niños de la Tierra y hemos quedado solos.

 

   Yo soy el Genio del Centro de la Tierra, y estoy triste; muy triste.

 

   Pero dinos, intervino Claudio: ¿Podemos hacer algo por ti?

 

   Quizá si, dijo el Genio: Miren; nuestro planeta Tierra, a quién quiero tanto y por el cual, estoy aquí, está enfermo. Y no encuentro medicina alguna que lo pueda aliviar.

 

   ¿Qué le pasa?: Volvió a inquirir Claudio.

 

     El Genio movió su gran cabeza compungido: Ustedes vieron como la pobrecita Tierra se ha sacudido con fuertes temblores. Sucede que la temperatura se ha elevado tanto, que mi termómetro de diamante se ha roto en mil pedazos.

 

   ¿Tan mal se puso?: Preguntó Sara con tristeza.

 

   Así es, pequeña, contesto El Genio por sus mil bocas, que son los volcanes, sacó algo del mal que existe en ella. La pobrecita Tierra sufre. El hombre sin querer, le ha hecho mal.

Y el hombre precisamente es su hijo material, su hijo consentido. Ustedes, niños ya notaron que la Madre Tierra tiene temblores; temblores de frío.

 

   Ramasane replicó: ¿Cómo dices que frío? Más bien son temblores de calor.

 

   ¡Claro! Convino Mashadi. ¿Quién puede tener frío con tanto fuego?

 

   El Genio añadió: La Madre Tierra es femenina y aunque haga calor, ella tiembla intensamente y tiembla de frío.

 

   Sara se compadeció: ¡Ay, pobrecita!

 

   En éste punto, el maravilloso Genio del Centro de la Tierra, quién por cierto tenía la estatura de Ramasane, bajó de su trono e invitó a los chicos a sentarse en unos almohadones de color morado que estaban allí y luego les dijo:



 

   Nuestra Madre Tierra merece toda nuestra comprensión y nuestro mayor cuidado. Recuerden que ella ha dado lo que necesitamos para vivir en este mundo.

 


   ¿Qué fue lo que la enfermó?: Se interesó Claudio.

 

   El Genio repuso con tristeza: La enfermaron las guerras, los odios, la crueldad, la violencia, el egoísmo, la apatía, la codicia.



 

   Sara preguntó con ingenuidad: ¿Esos son nombres de enfermedades?



 

   Peor que eso, siguió el Genio: Todo eso carcome el alma, desintegra, quita la huella de todo.

 

   Claudio preguntó interesado: oye y nuestros padres… ¿nunca supieron eso?



 

   Ellos no hicieron caso, repuso El Genio. Y no imaginaron sus consecuencias.

 

   Mashadi preocupado, preguntó: ¿Y no podemos hacer algo?



 

   El Genio movió la cabeza y murmuró: Tal vez sea demasiado tarde.

 

   Claudio siguió: ¿Dices tarde?... ¡Pero si para nosotros ya no existe el tiempo!

 

   Sara siguió esperanzada: ¿Y si todos los niños le diéramos nuestro amor a la Madre Tierra?



 

   El Genio repuso, con un largo suspiro: Ya lo intentaron un grupo de ángeles y fallaron. Y es que ellos tienen amor; pero vibración y frecuencias diferentes.



 

   Sara siguió animosa: ¡Nosotros somos niños humanos y queremos hacer la prueba!

 

   Sin esperar a que El Genio les contestara, los niños se pusieron de pie, formaron un círculo, y cerrando los ojos para pensar mejor, Sara empezó a decir con toda seriedad:

 

   “Nosotros prometemos amar a la Tierra, cuidar de sus animalitos, de sus plantas, de sus montañas, de sus mares, de sus selvas, de sus valles, de sus ríos; no destruir lo que no vamos a utilizar y sobre todo;

prometemos respetarnos aunque cada uno de nosotros, tenga un color diferente de piel y distinta capacidad de recibir el conocimiento y realizar su misión.



 

   El Genio volvió a llorar y las lágrimas rodaron por sus pálidas mejillas.


 

  
Sara se afligió: ¿Por qué lloras, Genio?

 

   Porque los niños buenos conmueven hasta al Centro mismo de la Tierra, dijo el Genio; te aseguro que la Tierra comienza a sentirse mucho mejor.

 

   La jícara de esmeralda la tiene El Genio y en ella se encuentra encerrado el amor de cinco niños que desearon todo el bien para la “Madre Tierra”.



    Y creo…creo que la curaron, ya nunca más volvió a decir que tenía frío.