Ibu me cuenta un cuento

Este cuento, me lo contó una bellísima mujer que vivía atravesando el Océano Pacifico. En una isla de Indonesia.

Ella se ha ido, para seguir contando cuentos a los Ángeles.




Ibu me contaba que hace muchos, muchos años vivieron en la zona Maya, un rey sabio y una reina hermosa y amable.

El rey gobernaba rodeado de filósofos, pintores, poetas, músicos, astrólogos y curanderos.

La reina vivía colmada de halagos y de alegría.

Una madrugada, la hermosa reina tuvo un sueño:

Soñó que un rayo de luz de luna iluminaba sus pies, su vientre su corazón, su cabeza, sintió dentro un nuevo amor, sencillo, inexpresable.

Contó el sueño al rey, presintió que era un buen augurio, tomó de la mano a su amada esposa y deposito un tierno beso en su frente.

Se inundaron de felicidad.

Pasaron los meses:

En el palacio, todo era alegría. La reina recibió a una pequeña niña.

La princesita fue llamada, Itzel.

Creció junto a su madre. Aprendió a valorar cada ser y aceptarlo como era.

Estudió astrología. Conocía de los rayos de color y frecuencia que cada día el sol “Kinich Ahau” enviaba a todos los seres del sistema planetario. Se empapo de las leyendas de los antiguos, cantó con los poetas, escribió y canto lo que veía, amó al gran sol central de la galaxia: “Hunab Ku”. El todo amor del universo.

Itzel, obtuvo el claro discernimiento de su padre el rey. La fortaleza y el interés por la investigación y el estudio.



La princesita era dulce y cariñosa trataba con respeto hasta al más humilde de los servidores de palacio.

Era caritativa, bondadosa, estaba siempre llena de ternura.

Los años pasaron e Itzel crecía, al cumplir 15 años era ya una linda mujercita.

Rey: Reina mía, dijo el rey a su esposa. Creo que ha llegado el momento en que nuestra hija deba casarse, conozco a un príncipe inteligente, ambicioso, trabajador, hijo único de un buen amigo que es soberano en Palenque. Enviaré hoy mismo a nuestro emisario y concertaremos con el príncipe y con sus

padres una entrevista.

Y llego el día en que habrían de conocerse la princesita Itzel y el Príncipe Latino.

Itzel fue arreglada por su madre, con un huipil bordado. Su cabeza había sido coronada con flores y la comitiva real ya la esperaba.

Llegó el Príncipe Latino con sus padres, era esbelto, alto, de piel rojiza, era también inteligente, audaz, y voluntarioso.

Cuando fueron presentados, Latino buscó la mirada de la princesa. Itzel se estremeció. Salieron al jardín. Los surtidores del palacio, las flores el mismo viento ceso en su movimiento para escuchar, el cenote sagrado agitó sus aguas.

El Príncipe Latino dijo: Nuestros padres son amigos. Me da gusto conocerte. ¿Serías feliz teniéndome como compañero?

Itzel contesto: Soy feliz ahora, Príncipe Latino. Lo seré más si logro compartir contigo mi paz y mi alegría.

Los padres de los príncipes comentaron:

–En primavera será la boda de nuestros hijos. ¿Estás de acuerdo amigo mío?

–Sumamente complacido, afinaremos detalles.

Itzel fue preparada minuciosamente.

Después del amor al sol central de la galaxia Hunab Ku, estaría el respeto y amor a ella misma a su esposo y a sus futuros hijos…

Le fue enseñado a no hablar más de lo necesario. A respetar la vida de todos los seres del planeta a apoyar a su esposo, compartiendo con el anhelos y ambiciones.

Y llegó el día de la boda.

Todo era blanco y oro. El pueblo participo de los festejos. Y les fueron brindados, faisanes, venados, miel, maíz preparado y bebidas de frutas.

Pasaron cinco años.

Algo sucedía. La Princesa Itzel, estaba triste.

Durante largas horas meditaba. Su carita languidecía día a día.

Sus ojos intensamente negros, guardaban un secreto, una amargura.

El príncipe le llevaba regalos. Aves de la selva, flores, peces.

Itzel seguía triste. Muy triste.

Una tarde, la princesa estaba en el jardín, dos gotas de llanto brotaron de sus ojos.

El príncipe llego hasta ella y le preguntó:

Príncipe: ¿Qué te aflige princesita querida? He tratado de hacerte la más feliz de las mujeres. He construido para ti el más ostentoso de los palacios. Te he llenado de joyas, cientos de seres atienden hasta el menor de tus deseos.


¿No te hago feliz, amor?



Itzel levantó el rostro. Miro a su esposo con ternura.

Princesa: Latino bienamado. No necesito oro, ni sirvientes, ni cosa material para ser realmente feliz.

Príncipe: Entonces, mi pequeña. ¿Que deseas?

Princesa: Que seas un poco espiritual.

Príncipe: No soy espíritu, amada mía. Soy un hombre.

La princesita tomó de la mano a su esposo:

Princesa: Solo te has preocupado por lo que posees, por lo que conquistas, por lo que puedes adquirir con oro.

Tu cultura es vasta y tienes documentos y escritos valiosos. Cierta estoy de que me amas.

Solo has olvidado al espíritu.

Príncipe: Princesita mía, yo no he visto al espíritu.

Princesa: No se ve, Latino.

Príncipe: ¿Cómo sabes que existe?

Princesa: Lo siento moverse y actuar en mí.

Príncipe: No entiendo, explica como algo que no se ve, puede moverse.

Princesa: ¿Has visto al amor? Vibra cuando yo me acerco.

¿Verdad?

Príncipe: Verdad es mi princesa.

El Príncipe Latino quedó pensativo. Luego, como si con esa sola frase lo hubieran ubicado en un círculo de luz, pregunto:


Príncipe: ¿Qué camino entonces debo tomar?

Princesa: Si lo supiera sería tu guía. Debes dejarte conducir por lo

que dicte tu sol interno. Solo el sabe cual es la senda que

debes seguir. Yo esperare el tiempo que sea necesario.

Príncipe: ¿Me estás pidiendo que te abandone?

Princesa: Te estoy suplicando que te realices. Así nuestro amor

será eterno.

El Príncipe Latino se puso de pie y dijo:

Príncipe: Sea. Te amo tanto, princesa mía. Haré lo que me pides.

vendré cuando te merezca.

Iba a salir el sol cuando el Príncipe Latino abandono el palacio y a su amada. Llevaba víveres y oro en abundancia.

Pasaron los años. Latino seguía su camino. Ya no era rico. Las ropas estaban viejas, desgarradas. Iba descalzo.

Cruzaba aldeas, montes, valles. Hacía trabajos humildes para obtener una taza de caldo, y una bebida de cacao llamada chocolate.

Había cambiado. Delgado, se bañaba en los arroyos. Llegó a comer hierbas y raíces. Sufría mucho y lloraba solo.

Un día, cuando más fatigado se hallaba, encontró huellas de un animal de pezuña. Creyendo que eran las de un venado, decidió seguirlas. Llegaban a una cueva.

El lugar era húmedo y oscuro. Entró. Unos leños ardían en el suelo. Junto al fuego, estaba dormido un extraño ser. La mitad del cuerpo era de chivo. De la cintura para arriba, semejaba un hombre. Las orejas terminaban en punta. Tenía los ojos grandes, y el pelo encrespado.

Era un fauno, que al abrir los ojos, con un ademán, invitó al príncipe a sentarse.



Fauno: ¿Por qué sigues vagando? Le interrogo.

Príncipe: ¿Vagando dices? No vago. Busco.

Fauno: ¿Fue tu esposa la Princesa Itzel la que te envió al exilio?

Eres un príncipe y aquí, ante mí, pareces un mendigo.

No seas tonto. Lo que importa es tu poder. Tu sabiduría para aplicarla.

Tienes posesiones, riquezas, esclavos…Vuelve a tu reino, eres poderoso. ¡Se lo que eras!


Latino no contesto. Permaneció despierto toda la noche. La hierba, el viento, el fuego, el agua, entraron y salieron de su corazón y de su mente.

Al amanecer el príncipe había tomado una resolución: Seguiría adelante. Tendió la mano al fauno. Lo miró intensamente y le dijo:

Príncipe: Gracias amigo. Mucho me has ayudado. Lo material es excelente, cuando se ha conquistado lo espiritual.

Si siguiera tus consejos. Sería como tu. Mitad hombre y mitad animal.

El Príncipe Latino siguió su camino. Llegó a la orilla de un río. Bebió agua utilizando el hueco de sus manos.

Distinguió a lo lejos una montaña esmeralda. Se veía muy alta, tan alta que le cubría la punta una corona de nubes.

Titubeo. ¿Qué caso tenía subir?

La figura de la Princesa Itzel llena de amor y de alegría, se proyectó ante sus ojos: creyó que decía:

–Latino amado, sigue, te espero.

Y el príncipe empezó a subir. Estuvo a punto de caer. La fatiga lo estaba venciendo. Su amor por Itzel lo sostenía.

Ya en la cima, el sol se ocultaba. Latino lo miró por un instante.

Luego cerró los ojos:





Sintió el fuego de un amor puro y perfecto, al más puro y perfecto de los seres:

Príncipe: ¡Señor de la flama, eres tú en mí!

Se sentía pequeño y a la vez grande. Al acercarse a ese pensamiento. Supo. ¡Se había conquistado a sí mismo!.

Al otro día, bajo con el sol. Regresaba a su palacio. Caminó y caminó. Pasó por un campo de palmeras, que mostraban sus frutos. Deseo beber agua de coco. Pero no quiso detenerse. Tenía prisa por llegar.

Itzel envió una comitiva de recepción a encontrarlo. La princesita lo recibió con todo amor.

Le tenía preparado un baño caliente, y los ropajes y joyas, acordes a su realeza. Hizo servir el más apetitoso de los banquetes.

Latino se sorprendió un poco. Allí en la mesa especial, con mantel bordado, la princesa había colocado una jarra de agua de coco.

Príncipe: Dime, amada princesa ¿por qué has puesto esta agua de coco en una mesa especial?

Princesa: Porqué lo has deseado, amado príncipe. Bebe ahora.

No hay secretos de ti para mí, ni de mí para ti.

Cuando dos seres se aman realmente, los deseos de uno son los deseos del otro.

Me dijeron que en Palenque, en uno de los palacios Mayas, cerca de la tumba de Pacal Votan, está escrito este cuento.