EL DUENDECITO DEAN


Había una vez, en una soleada ciudad de América, un niño travieso; muy travieso.

Todos los niños del mundo son un poco traviesos, de otra manera se podría pensar que estaban enfermos o tristes.

Dean era hijo único y sus padres lo amaban tanto que le cumplían uno a uno todos sus deseos, sus sueños y vivía como príncipe, sin ser rico.

Habitaba en una linda casa con árboles, fuentes, flores, pájaros, pericos, un gato, una ardilla y dos perros.

Guardaba en un arcón de madera; juguetes, dulces, galletas, canicas, una avalancha y un patín del diablo.

Le encantaban las caricaturas de Don Gato, tenía grabador,

video casetera, películas y… a pesar de todo eso, a veces se aburría.

Muchos de sus juguetes estaban arrumbados o descompuestos y había agotado la imaginación para inventar nuevos juegos.

Dean no estaba de acuerdo en que sus padres le exigieran tanto: lavarse los dientes, cambiarse de uniforme, ser ordenado, no dejar su cuarto como si se hubiera peleado con el Gran Jefe Pluma Blanca, lavarse las manos, peinarse, y obedecer... ¡siempre obedecer!

Esas “exigencias” lo tenían cansado.

Y llegó el momento en el que este niño de nueve años: delgado, de cabellos claros y ojos inteligentes, no quería nada ni a nadie.

Si estaba en un lugar, quería estar en otro; asistía a clases de Karate y pensaba en lo bien que estaría corriendo en las montañas. En fin, deseaba cosas opuestas al mismo tiempo.

Una tarde en la que no quería ni estudiar, ni jugar ni mucho menos, sonreír; bajó las escaleras del jardín y se sentó junto a la higuera y se tapó los ojos porque no soportaba ver ni siquiera a las nubes.


Y haciendo esto, dijo en voz alta:

–Estoy fastidiado, aburrido, desesperado y no puedo más.

¿A quién se le habrá ocurrido invitarme a esta fiesta de ser niño?

¡Ya no lo soporto! ¡Y me gustaría cambiar de casa, de escuela, de papás, de país y de planeta!

Cuando al fin se destapó los ojos, vio en su jardín un precioso cochecito rojo convertible y… a un hombrecito pequeño.

–Hola, le dijo Dean. ¿De donde saliste?

–Pues salí de tu jardín y soy el duende “Trompitos”, contestó el hombrecito con voz tipluda.

–Eres poco original, enano; y yo no creo en los cuentos de hadas.

Dime que vienes del espacio, o que tienes una nave.

–Pues no, fíjate. Llegué en mi auto, salí por el agujero de los conejos y no vengo de fuera de la Tierra.

Dean se levantó de un salto.

– ¿No me digas?... ¿Vienes de dentro de la Tierra?... ¡Por favor!

Tú te disfrazaste. Pero ese cochecito está bien. Me gusta. Parece de juguete. ¿De verdad camina?... ¿Me lo prestas?

– ¿Y para que lo quieres? ¿Para descomponerlo?

–Hablas y me pones nervioso. ¿Qué te parece si mejor damos una vueltecita?

El niño se subió del lado derecho del carrito, cerró la portezuela y se puso el cinturón de seguridad. El duende “Trompitos” también se subió al auto, le dio vuelta a la llave del motor y echó a andar. Luego de un rato penetraron por un túnel debajo de la tierra.

Era una pequeña entrada, casi invisible, al mundo secreto de los duendes. El cochecito rojo iba a buena velocidad y conforme se adentraban, el camino se iba presentando asfaltado, con luces, curvas y rectas como la mejor de las carreteras.

Había edificios altos con ventanitas redondas. Encontraron uno como de cuarenta pisos.

– ¿Qué es esto? Preguntó intrigado, Dean.

–Es el hospital de recuperación de animalitos e insectos, le contesto “Trompitos”.

– ¿Cómo cuáles?

–Pues, pajaritos que no alcanzaron a llegar a lugares cálidos, gusanitos que continúan durmiendo y se les olvidó convertirse en mariposas.

Dean comenzó a interesarse.

El duende dijo:

–En ese edificio azul, tenemos un hospital de juguetes.

– ¿De juguetes?

–Sí claro: muñecos, cochecitos, columpios, caballitos…los pintamos, los arreglamos y se los llevamos a otros niños de la Tierra.

– ¿Y esa esfera grande de aluminio?

–Esa es la Universidad del juego infantil. Tenemos toda clase de juegos, cantos, rondas, bailes, adivinanzas, cuentos, trabalenguas…

– ¡Uy! Qué aburrido, dijo Dean, yo ya no quiero jugar.

A mi ya nada me divierte.

“Trompitos” no contestó. Siguió conduciendo su cochecito y luego dijo:

–Oye Dean; el jefe mayor de los duendes quiere hablar contigo.

– ¿Por teléfono? Se burló Dean.

–No; no te hagas el gracioso. Quiere hablar contigo personalmente.

–Los adultos no me gustan.

–Es un duende

– ¿Y en dónde vive?

–Yo te llevo.

La ciudad de los duendes era hermosa. Casitas lindas con jardines llenos de flores. “Trompitos” estacionó el coche. Una placa tenía un letrero que decía: “AQUÍ TRABAJA EL DUENDE MAYOR”

Se abrió una puertecita azul y salió de la casa un duende con barba blanca, tenía el rostro muy chapeado y se colocó frente a Dean para luego preguntar:

–A ver. ¿Este es el niño descontento?... ¿El aburrido?... ¿El que quiere cambiar a sus papás?... ¡Ajá, eh!... ¿Y por qué, o por quienes los quieres cambiar ?

–Psss…no lo decido todavía, respondió displicente Dean.

–La verdad es que desde que nací se han propuesto a no dejarme en paz ni un minuto. Te apuesto a que tú no lo aguantarías.

– ¿Y qué te dicen?

–Levántate, de prisa, desayuna, lávate los dientes, abróchate los zapatos, tienes que hacer la tarea, ese programa no es para niños, no vayas a caerte en las piedras, cuidado con la piscina, alimenta al perro… ¡No me dejan pensar, ni opinar, ni actuar, ni descansar.

El duende mayor tomó a Dean de la mano:

–Acércate, Dean, escucha: todo eso forma parte de tu entrenamiento para que llegues a ser un hombre de verdad.

– ¿Entrenamiento para un hombre? Se burlo Dean. ¡Ese es un entrenamiento para un gorila!

–No desesperes, pequeño. A ver… ¿quiero entender que…estás decidido a renunciar a ser niño?

– ¡Por supuesto!

–Y ¿qué te gustaría ser entonces; lagartija…caballo…duende?

– ¡Lo que sea; no me importa!

El duende Mayor se acarició la barba y dijo:

–Dean; debes saber que un niño tiene corazón y capacidad de amar y de servir.

– ¡Eso no sirve de nada! Dijo Dean, ríen cuando quiero ser amable y no me gusta que se burlen de mí.

El duende Mayor puso su dedo índice en el corazón del niño y cantó una extraña tonada:


“Por la cola del ratón

el ojo del mono y la garra del león

este corazón de niño se olvidará de amar,

de tolerar, de servir y de perdonar.

Solo las lagrimas de una madre

lo desencantaran”.

Dean se tocó las manos, los ojos, y exclamó:

– ¿Ya soy un duende? No me he echo pequeñín.

–Pequeño eres, duendecito Dean y no tienes derecho a soñar, ni a imaginar, tampoco tienes ningún derecho a jugar, solo a trabajar.

–Ay; pero si no me gusta trabajar.

–No te gustaba antes. Ahora te encargarás de enseñar juegos, cuentos y rondas a los niños de todo el mundo.

Supervisarás el hospital de juguetes, visitarás a los animalitos enfermos.

– ¿Y no voy a dormir?... ¿No voy a comer?

–Comemos tortas, helados, dulces y pasteles de miel.

– ¡Qué bien!... ¿Y ya es hora de comer?

–No; es lo hora de trabajar, de obedecer sin replicar, las instrucciones las damos los mayores.


Sabemos los programas y exigimos las acciones.

Desde ese momento; el duendecito Dean trabajó en serio y sin descanso porque los duendes no tienen vacaciones, ni puentes, ni domingos.

Recordó una a una, las canciones de su Kinder y los cuentos de la nana. Dibujaba sin descanso: el avión, el chicharrón, el caracol, el cuadro. Repasaba y cantaba: “A pares y nones”, “Doña Blanca”, “Don Ferruco en la alameda”, “Don Gato”, “Naranja Dulce”, “A la víbora de la mar”, “A Mandru señores”.

Enseñaba las técnicas para jugar a “Las Cebollitas”, a “Hilitos de Oro”, a “San Miguelito”. Lo que se dice todo; es decir, a trabajar jugando.

A través de túneles y pasadizos secretos bajo la tierra y en trenecitos bala, realizó algunos viajes a lugares apartados de la tierra.

Se dio cuenta de que los niños de hoy ya no se divertían jugando, y contaba cuentos y visitaba a los animalitos enfermos;

Reparaba avioncitos, inflaba globos…en fin; no tenía ni un momento libre.

Pasó el tiempo, y es que el tiempo de debajo de la tierra no se parece al de arriba; es lento, parece como si no pasara.

El Duendecito Dean un día se levantó temprano, regó las flores, respiró hondo y se acordó de sus padres. Suspiró profundamente y fue a ver al Duende Mayor y le dijo:

–Oye ¿podría visitar de nuevo a los que fueron mis padres? Ya me hice viejo trabajando, viajando…cantando.

– ¿Por qué no? Sí puedes visitarlos. Lleva el cochecito rojo.

A toda velocidad, Dean se dirigió al jardín de su casa. Salió por el túnel cerca de la higuera y escuchó las voces alteradas de sus padres que gritaban:

– ¡Dean!... ¡Dean!... ¡Dean!

Se escuchaban angustiados. Subió las escaleras del jardín y llegó hasta ellos.

– ¿Dónde has estado, hijito? Tenemos varias horas buscándote.

Creíamos que te habías perdido. ¡Mira como vienes! Como si hubieras recorrido la tierra.

Dean abrazó fuertemente a su madre y le dijo:

–Te quiero mamá, te quiero.

Las lágrimas de la madre bañaron el rostro y el cuello del niño y llegaron a su pecho. El corazón de Dean comenzó a latir de nuevo. ¡Podía y deseaba ser de nuevo un niño!

En noches de luna, “Trompitos” y el Duende Mayor visitan a Dean.

Y le prestan el cochecito rojo.




EL MUNDO MAGICO DE VIVIANA