Jotrar rey de las cavernas





Desde lo alto de una montaña sagrada, en el corazón de México, una tarde, sobre una roca circular, se proyectó un viejo cuento:



Comenzó con un valle de color violeta, árboles, montañas y nubes, pájaros y un río. Allí, una niña, hermosa niña hija del padre Sol y de la madre Luna. Dorotea había llegado a la Tierra en misión solar de dar vida a las flores y en misión lunar de preparar el invierno.

Juega, juega, canta y danza con los cabellos dorados al viento, la falda larga, los pies desnudos.

La niña levanta la vista y distingue una cueva. Deja de cantar: tiene deseo de subir, de conocer lo que hay dentro de la Tierra. Investigar, para mejor llevar su misión.

Hay una vereda y llega hasta ella. Con sus manos va limpiando el caminito de breñas, zacate y ramas. Una águila blanca vuela despacio. Casi no aletea. Ve a la niña desde lo alto y le dice:

– ¿A dónde vas? Por allí no subas; no regresarás.

– ¿Por qué lo dices?

–Vivo en la entrada de la cueva. No vayas.

La bella niña, como todas las niñas del mundo, ni hizo caso a la advertencia. Y continuó su camino.

En la cueva algo se mueve. Es Jotrar. ¡Rey de las cavernas!

Todos los años, en primavera, sale a respirar el aire de la atmósfera y a saludar al Sol. Jotrar es dueño de las rocas luminosas, de las piedras preciosas, de los metales, de las montañas que sueñan, de los jades que comunican los secretos de la Tierra.

Es alto, muy alto moreno. Se asoma al valle. Ve al Sol y sus ojos de llama se pierden en él. Junta las manos y le habla: “Sabes que te amo padre Sol” aunque pueda verte por instantes cada año. Si tan sólo hubiera alguien que de verdad y en silencio realizara tu misión de amor, mis rocas cantarían y el dolor de estar solo, dejaría de ser.

Yo sigo esperando y a veces pregunto:

– ¿Hasta cuando?

El Sol agradeció el saludo.



La niña seguía subiendo. Llegó hasta un árbol de amate dorado con las raíces al aire. Una extraña piedra daba la impresión de cerrar la entrada de la cueva. La niña se sentó a descansar. Luego entró por un espacio por donde apenas cupo. Subió a una segunda entrada en el piso superior de la cueva.

Jotrar se escondió. Se escondió para no asustar a la pequeña.

Dorotea tiene doce años. Y no tiene miedo a la oscuridad.

Una flor de alcatraz, luminosa, apareció para guiarla.

La cueva se va haciendo más estrecha. No puede seguir de pie, se arrastra, hasta aparecer una muralla de roca. Queda sólo una pequeña abertura en forma de triángulo. Se desliza…

Dentro, se pone de pie. El vestido despedía destellos azulados. El aire se respira con dificultad.

Poco a poco, los ojos de Dorotea se acostumbran a lo obscuro. El piso comienza a moverse despacito, como si fuera una banda movible.

Llega a un salón con techos altos.

Suspendidas en el aire, se encuentran girando miles de esferas como de plata y cristal. Dentro de las esferas palpitan y a veces se proyectan diferentes formas:

Rombos, triángulos, rectángulos, pentágonos. Entra a otro salón donde cruzan veloces relámpagos. La niña se asombra. Levanta la vista y ve un cielo cuajado de estrellas. Al final de este recorrido, Dorotea distingue un Sol rojo, luminoso.

–“¿Cómo puede haber un Sol dentro de la Tierra?” se pregunta.

La banda se detiene. Frente a ella, apareció Jotrar.

–Bienvenida, pequeña.

– ¿Quién eres? ¿Dónde estabas?

–Soy Jotrar. Vigilo el mundo molecular.



– ¿Molecular?

–Aquí se encuentran los modelos de las moléculas que se utilizan para formar minerales, hielo, piedras preciosas, montañas. Puedes recorrerlas y penetrar su interior.

– ¿Tan grandes son?

–Se ha aumentado su tamaño un millón de veces.

– ¿Y los rayos?

–Son el campo de electrones.

–Vi un cielo lleno de estrellas y también un Sol.

–Cada pequeñísima molécula tiene dentro de sí todo lo que has visto.

Dorotea siguió diciendo:

–No sabía que existiera este lugar, es fascinante.

¿Sabes que él águila no quería que entrara?

–Pensaría que corrías peligro.

Jotrar tomó a la niña de la mano. Bajaron por un ascensor de aire.

Al descender, las paredes semejan rebanadas de pastel de chocolate con capas y capas de relleno.

Dice Jotrar que de esa manera se puede saber la edad de la tierra. Así quedan las culturas anteriores, en trocitos de vasijas, de huesos, de fósiles.

Llegaron a una gruta. Un lago de aguas quietas; era el hogar de miles de peces ciegos. Jotrar abrió una puerta metálica y apareció algo increíble:





Estalactitas con piedras preciosas; rocas en forma de animales y seres gigantescos iluminados en color naranja y dorado.

Un sillón de cristal de roca era el trono de Jotrar.

Se escucharon algunas voces, los seres sombras saludaban:

–“Bienvenido, amo y señor”

La niña no creía lo que veía: una máquina del futuro, cerebros electrónicos en continuo movimiento, un cohete espacial como de veinte metros de largo de un material transparente; la cabeza de la nave apuntaba a un túnel en forma de caracol que tenía salida hacia el Polo Norte. Jotrar le explicó que esta nave realizaba investigaciones e intercambio de conocimientos con otros planetas.

– ¿Y que se controla con estos aparatos, Jotrar?

–Controlo y vigilo el fuego solar que ha quedado vivo en el centro de la tierra. Los cerebros electrónicos guardan la información sobre la presión interna de la tierra. En caso de emergencia, cuando esta presión sube mucho, abrimos las bocas de algunos volcanes. También sale la presión del vapor de agua por los géisers.

El tiempo transcurría. La niña estaba feliz. Se olvido que vivía en la atmósfera y podrían estarla buscando.

Era verdad. La madre Luna buscaba a su hija y no la encontraba. Nadie sabía nada.

Le preguntó al Sol por ella y le dijo que la había visto entrar a la cueva. Preguntó al águila y esta le contó lo sucedido.

–Amada ave, ¿podrías ir a buscarla?

–Señora, a Jotrar no le gusta que entren en la cueva.

–Dile que vas en mi nombre. Que mi Dorotea tiene una misión en la Tierra, que no puede olvidar.

El águila accedió y voló para llegar a la segunda entrada. Caminó por el túnel oscuro. La banda empezó a moverse…y tuvo miedo.

–“¿A donde me llevan?” ¡Yo me quiero bajar!...

Las plumas se le erizaron cuando vio los relámpagos. Pero era valiente, un águila valiente que cerro los ojos y apretó el pico.

Bajó por el elevador de aire. Llegó sudorosa al reino de Jotrar. Los servidores del rey de las cavernas la llevaron ante él.

El águila había perdido el habla.

–“¿A qué debemos el honor de tu visita?”

El águila movía el pico y no salía ningún sonido. Dorotea la reconoció y habló con ella. Le acarició las plumas, la cabecita y le decía:

–“No temas. Nada va a sucederte… ¿Cómo es que llegaste?

¿A qué has venido?”

–Niña hermosa, tu madre te busca. He venido en su nombre a

Saludar a Jotrar y a pedirle que te deje regresar.

Nada es igual sin tu presencia. Tu misión aguarda.

Jotrar quedó pensativo. Extendió su mano derecha y dijo:

–Debes irte Dorotea. La madre Luna te busca y no debes hacerla esperar. Gracias por tu compañía.

– ¿Podré volver algún día?

–Serás bienvenida pequeña.

La niña y él águila regresaron al valle.

Hacía frío ya no había flores. Era invierno, y no cambiaban las estaciones. La madre Luna la esperaba.



La niña le contó su experiencia. La madre Luna guardó silencio. Presintió que su niña, su amada Dorotea, había cambiado; quizás había crecido.

–Mamá, ¿podría regresar al reino de Jotrar? Es interesante, me gustaría ir de nuevo. No sabes todo lo que vi, cómo me divertí y…

–Cuando crezcas, hija mía. Cuando crezcas.

Pasó el tiempo. Vueltas y más vueltas alrededor del sol. Cada equinoccio de primavera, Jotrar salía a saludar al Sol. Pensaba

también en la niña, en Dorotea.

Una niña con amorosa misión en la Tierra. ¿Qué sería de ella?

Dorotea se había convertido en una linda mujer.

Una mujer que seguía pensando en Jotrar y su mundo.

Un día, ella regresó a la cueva. Saludó al águila. Entró. Bajó por el elevador de aire y llegó a la gruta. La puerta de metal se abrió.

Jotrar, rey de las cavernas, estaba sentado en el trono de cristal.

Dorotea llegó hasta él y guardó silencio.

Jotrar se levantó del trono y dijo:

–Pequeña Dorotea…llevo años sin saber de ti. ¿Dónde estabas?

–En mi pequeña misión…la madre Luna me aconsejó volver a ti cuando creciera…

–Presentí que volverías.

Dorotea se acercó dulcemente a Jotrar. Tomó su rostro con las manos. Le miró a los ojos.

– ¿Por qué has tardado tanto? He pensado en ti. Te necesito. Quédate conmigo los meses de invierno. Los meses que descansa la tierra.



Desde entonces, cuando la bella hija de la Luna visita a su madre en la atmósfera, hay primaveras.

Cuando visita a su padre Sol en un cohete que sale del centro de la tierra, cae lluvia de estrellas.

Y cuando permanece con Jotrar, las rocas y las montañas cantan con el sonido de mil voces.

Ya oscurecía cuando terminó de pasar este cuento sobre la roca redonda del valle sagrado.

Así como lo vi así te lo cuento.